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Don Carlos Enrique Jiménez Sáurez, hombre amable, bondadoso, noble, gran trabajador, reconocido por su Fe católica, excelente persona, un verdadero personaje alajuelense, el famoso PIN. Bajito de estatura, con corazón de gigante  

Y no únicamente participó en las actividades de la Iglesia, entre ellas el de soldado en las Procesiones católicas, como un auténtico actor de películas; estuvo allí, junto a sus compañeros de los “Caballeros del Santo Sepulcro”, en la Procesión del Silencio, en horas de la noche, donde Pin siempre asistía.

También lo vimos y admiramos ejecutando varios trabajos, arreglando calles, cañerías, pintando las gradas del Estadio Alejandro Morera Soto, misceláneo  y otras obras en la ciudad y pueblos de Alajuela, como funcionario de la Municipalidad local. Un gran trabajador. No se arrugaba por nada.

Participó en muchas actividades deportivas. Gran arquero en el fútbol y su estatura no fue obstáculo porque le iba a todas las bolas, por alto, rasas, de poste a poste, como los grandes, todo lo hacía a puro corazón, como deben actuar todos los deportistas.

Estuvo en competencias de atletismo. Recordamos una de sus intervenciones al realizar la carrera desde un punto de la ciudad Alajuela, hasta la ciudad de Grecia y vuelta al punto de partida, devorando  más de veintiséis kilómetros.

Para estas participaciones que requería muy buena condición física y mental, tomaba la famosa “Calle Ancha” en Alajuela, de casi cuatro kilómetros que encierran el centro de la Ciudad, su pista de entrenamiento, sin faltar la frotadita a base de “Benguey” en todas las actividades deportivas, crema  especial para aflojar músculos, dolor de espalda, esguinces, contusiones y así evitar contratiempos en las carreras de atletismo. 

La frotadita proviene de una anécdota sucedida a Pin. En la famosa Carrera La Gloria, del centro de Heredia al Comercial del Sur, ya casi listos para la salida, el atleta no encontraba en sus pertenencias la mágica crema. Uno de los compañeros de carreras corrió en busca del medicamento y así pudo iniciar la competencia, junto al solidario grupo de corredores alajuelenses. Una lección de verdadero compañerismo, hacia un atleta hecho con esfuerzo y amor al deporte.    

Y de paso, ver en esos tiempos a gente atlética como Pin, era hasta extraño. Él, marcó la pauta, nos enseñó el hábito de hacer ejercicio físico, correr, trotar, caminar o por salud mental. Fue un médico especialista que nos señaló el camino a seguir.  Hoy, vemos a muchas personas, haciendo lo que hacía Pin, para mantener una mejor salud, con la práctica del deporte.

Su fortaleza física, su hermoso corazón en pro de los necesitados, lo hizo colaborar como voluntario, en la Cruz Roja Costarricense y Cuerpo de Bomberos. Así era Pin, nuestro gran amigo manudo.

Pin, un verdadero caballero, un pin clavado en el corazón y recuerdo del alajuelense. Un gran personaje, muy querido por toda la gente.

¡Pura vida, Pin!

Don Carlos Torres y Pin, ambos fallecidos. (foto jmorera)

(Foto jmorera)

Foto redes sociales

Nació 13 10 1942

Def. 18 04 2015.

Publicado enero 16, 2022 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

Las lavanderas de «El Arroyo»   10 comments

¡Vamos al Barranco! Ya en mil novecientos veinticinco (1925) – según mi memoria, dice un vecino de Alajuela – se escuchaba este  grito en las bocas de niños, adultos y jóvenes. El barranco era una extensa zona quebrada, donde desembocaban las aguas cristalinas y potables de varias acequias provenientes del Este de Alajuela y de las intensas lluvias, muy propias del cielo alajuelense. Zona rica en plantas de bambú amarillo, higuerillas, helechos, flores, tierra con arcilla y maleza.

El precipicio o bajo de unos treinta metros, un lugar apto para disfrutar la Naturaleza, lugar de paseo y diversión, especialmente para la gente de menos recursos económicos. Agua suficiente para abastecer a la población, cuando ésta quedaba sin líquido por trabajos realizados en sus cañerías.

Para ingresar al barranco se hacía por una puerta grande de madera y por ser tan quebrado, construyeron terrazas y gradas de laja y piedras. Muy cerca de las gradas o cruzando éstas, se extendían unos cables o alambres de unos veinte metros de largo para tender la ropa lavada, sujetadas con prensas de madera. Cada lavandera tenía como «propio» ese derecho; también utilizaban una zona verde para el mismo fin. Había respeto y nadie abusaba del espacio y herramientas de cada una, aunque sí algunas rencillas por ocupar las pilas. 

El agua, al caer al barranco, era recibida por unos canales que desviaban parte del ingreso del líquido, hacia las pilas grandes o tanques donde las lavanderas las captaban para hacer su trabajo, con aguas cristalinas; excepto en invierno que por traer aguas de acequias llegaban con un tono turbio y aún así se utilizaron.   

Y ese barranco nos daba otra gran atracción, el riachuelo que limitaba con el Club Rotario de Alajuela, «La Florita», un club muy exclusivo de la época, con piscina, casona de fiestas, cancha de tenis, árboles de mango y otras frutas,  palmeras, zonas verdes y más atractivos. La cancha de tenis pegaba a una cerca de bambúes amarillos, colindando con el riachuelo y esto permitía, muy seguido, que las bolas de tenis iban a dar al agua y, generalmente, las daban como perdidas.  Los visitantes del lugar, especialmente los niños, localizaban las lindas bolitas y entregaban al cuidador de la mansión, un señor de apellido Solano. Esta devolución, que no era obligatoria, permitía a los niños la entrada al lugar y disfrutar de las instalaciones, a criterio del guarda o cuidador.  

Un punto estratégico cuando faltaba el agua en la ciudad, por ser de topografía baja, siempre con el preciado líquido a nuestra disposición. Nuestros padres y abuelos nos encomendaban una fresca tarea. Con ollas y tarros, traer el agua para las necesidades del hogar, especialmente para preparar los alimentos y aseo personal.

Utilizado para cubrir del agua y sol, las pilas para lavar ropa.

Galerón. Las hermanas Ilma y Dinora,

a la derecha; Elisa, izq. Muy atento,

la mascota Ansón.

Por ser un terreno con una sección cubierta de arcilla y bambú, la niñez confeccionaba cerbatanas y bolitas del barro rojizo para su diversión; sin faltar el pedido de las maestras en llevar a las aulas el material arcilloso, importante en el uso de los trabajos manuales.

Y por el uso de las cerbatanas y a veces la mala puntería de los niños, las pelotitas de arcilla tomaban otro rumbo, impactando en sábanas blancas y algunas prendas de vestir, causando el enojo de las señoras lavanderas y casi siempre soltando más de un «madrazo» por dañar su duro trabajo. Pero de ahí no pasaba a más. 

En 1880, al inaugurarse el primer acueducto municipal en Alajuela, bajo el  segundo Gobierno de don Tomás Guardia Gutiérrez (1877-1882), entran en funcionamiento las pilas y lavanderos o lavaderos públicos, entre ellos, el más importante en Alajuela, el de El Arroyo; así en todas las provincias del país se construyeron estos espacios.

El Gobierno del General Guardia, heredó el lugar para la instalación de pilas públicas en beneficio de la población más pobre económicamente y con necesidad de laborar. Antes, se utilizaban los ríos y sus grandes piedras para el lavado de ropas, hasta la construcción de estos lavanderos, en el centro de Alajuela (parte del terreno donde hoy están el BAC San José, Banco Nacional, Funeraria Jardines del Recuerdo y Parque Infantil Esther Castro Segura, «Esthercita», conocido como Parquecito de «El Arroyo”).

Catorce (14) pilas grandes, chorreadas en cemento y varilla, siete a cada lado en forma de hilera; más un tanque o pila grande que las abastecía  por conducto de un caño, protegidas por un galerón de madera y techo de zinc, eran parte de sus herramientas de trabajo. Cada pila estaba formada por  un tanque grande y una batea.  Todo construido por la Municipalidad de Alajuela.

Una nueva imagen fue común en el suelo de Alajuela, ya podíamos observar a las valientes mujeres, cargando sobres sus cabezas, grandes “motetes” de ropa, descendiendo con mucho cuidado la tremenda “bajada”, algunas de ellas con sus hijas niñas quienes ayudaban a esta labor. Y un lugar especial porque llegaban y salían noticias y comentarios de todo lo sucedido en la ciudad y vecindarios. 

Estos paquetes de ropa eran grandes – imaginemos el peso de cinco docenas – no por la ropa humilde de ellas y sus familias, sino por la ropa perteneciente a las familias adineradas o de profesionales quienes pagaban a lavar sus prendas. Además, otro gran cliente fue el Dispensario del Seguro Social (ubicado a dos cuadras de los lavanderos), quien aseguraba parte del sustento diario a estas mujeres con sus ropas de cama y otras prendas de sus internados, durante más de treinta años.

Con este ingreso económico durante muchos años, lograron mantener sus hogares, ayudar a sus esposos, sacar adelante las familias, más si eran mujeres solas y con hijos. Aunque casi todas, contaban con grado de escolaridad muy raquítico o nada, enviaron a sus hijos a la escuela y secundaria; incluso, cuenta una de ellas, sus muchachos lograron ir a la universidad y defenderse con la profesión que hoy manejan, un médico y abogado.

Nuestro ayerPor lavar una docena de ropa (doce piezas), ganaban tres colones, incluido el aplanchado, realizado con planchas de hierro las que cargaban el calor sobre láminas también de hierro, puestas sobre los fogones o cocinas de leña; también utilizaron planchas a carbón, un poco más modernas que las anteriores.

Doña Irma, lavandera.

Las heroicas mujeres provenían del centro de Alajuela, del Barrio La Agonía, El Llano, El Carmen;  muy conocidas en el gremio de lavanderas, doña María Barrantes, las hermanas Josefa y Dolores Soto, doña Ilma, Dinorah y Elisa, ellas de apellido Oreamuno. Buenas para madrugar, nacieron con el trabajo a cuestas;  su horario de seis de la mañana hasta las cinco de la tarde, excepto los domingos; pero se daban el lujo en invierno o fines de semana, en llevar a sus casas la ropa fina y elegante de personas con plata y profesión, entre ellos, médicos, dentistas, abogados y comandantes de la Fuerza Pública, quienes eran vecinos del barrio El Arroyo y otras comunidades.   

El jabón en barra o en forma de bolas, lo adquirían en el Mercado Central de Alajuela, no era variado ni habían marcas por montones, como hoy.  En otros momentos, estas lavanderas o las que realizaban el mismo oficio en otros sectores alajuelenses – los lavanderos de La Maravilla, al norte de Alajuela – fabricaban  o sacaban el jabón de una frutilla amarilla que daba un inmenso árbol. Esta frutilla tenía en su interior una bolita negra, muy redonda y lisa, llamada por los niños “chumicos”, utilizados en los juegos tradicionales de “bolinchas” (canicas, bolas de vidrio) y chócolas.

Irma Oreamuno Molina. 90 años. 

Foto abril 2012.

La pulpa o cáscara de esta fruta, se introducía en un tarro de lata (muy prácticos eran los que traían manteca de cerdo)  disuelta en agua, se colaba en una manta,  obteniendo una grasa y espuma con rico aroma, similar al jabón. Así fue el trabajo de estas damas quienes usaron su ingenio para salir adelante. Mientras se enfrentaban a estas limitaciones; por otro lado, había en el comercio un ingrediente en polvo llamado “perlina”, utilizado para fabricar jabón, únicamente al alcance del bolsillo de la gente con  muchos colones y más oportunidades.

Si no había facilidad para conseguir el jabón o muy caro para el presupuesto familiar, menos que existían cepillos para restregar las telas, en sus hogares y lugar de trabajo. Del maíz, inventaban los “cepillos”. La familia de don Chano Soto, auténticos campesinos y vecinos de los lavanderos, tenían una milpa o maizal. Las mujeres lavanderas recolectaban el elote que  expuesto al sol o fogón, endurecía los dientes o cavidades donde antes permanecían los granitos de maíz. Así, con este invento natural y barato, le “volaban cepillo y elote” a las partes de las costuras o dobles en mangas, puños, cuellos de las camisas y ruedos de los pantalones, donde se escondía más la suciedad o polvo.

Dice una anécdota en el gremio de las lavanderas que era costumbre dejar ropas propias o ajenas a la orilla de los arroyos «aguacereándose», pero un día llovió tanto  hasta convertir el arroyo en un río, llevándose las prendas para siempre. ¡Imaginemos el lío por la pérdida o daños en la ropa del médico u oficial de la fuerza pública! Nos falta investigar el acuerdo entre las partes para resolver el faltante de ropas…

Ya miramos y admiramos el lugar de trabajo duro de estas humildes trabajadoras, ahora observemos el lugar desde la superficie. Bordeado por una larga “barrera”, en forma de pretil o asiento con respaldar, confeccionada en cemento, varillas y ladrillo, a lo largo de unos sesenta metros, aproximadamente, frente a la carretera principal, continuando unos treinta metros hacia el oeste, limitando con varias casitas de adobes y maderas, propietario de las mismas, un señor Córdoba. Desde arriba, en la banca de cemento y acera de baldosas de piedra labrada como las del Parque Central de Alajuela,  nuestra vista se deleitaba con la caída de agua cristalina proveniente de las acequias y al fondo, los gigantes bambúes, con sus vecinas las coloridas «maravillas» y «chinas» rosadas, blancas y rojas, un paisaje pintado por el Creador.

El pretil se utilizó para muchas actividades del pueblo: descanso, para esperar el autobús o “cazadora” – existía la vía de sur a norte, para ingresar al centro de Alajuela – reuniones políticas, deportivas, tertulias de vecinos quienes acostumbraban en verano disfrutar de paz y tranquilidad; no faltaban al pretil don Filiberto Rojas, Abel Quesada, Guido Bellavista, Raúl Solano, Vicente Soto, éstos eran los veteranos de la época; luego, Moncho García, Julio García, Rogelio Fernández, Julio Víquez, Jorge Alfaro, el doctor Rojas, Miguel Araya, Jorge González, Marcelino Cruz, Luis Palma Soto, Chano Soto y muchos más que tuvieron que migrar a la pulpería de enfrente con sus temas de tertulia, al ser clausurados los sabrosos y confortables asientos o pretil.  Y posiblemente, don Lolo Molina, administrador  de una fábrica de candelas, ubicada frente al pretil oeste, un vecino de mucho trabajo y conocido en su comunidad y en Alajuela, por ser uno de los fabricantes de ese producto, muy utilizado en esos tiempos, en el lindo barrio de las lavanderas.

Uno de los posibles temas eran las «pilas viejas» de principio del siglo pasado (fotos a parte de este texto). Éstas se alimentaban de acequias o de una acequia que atravesaba Alajuela, proveniente de Canoas y El Llano, ambos caseríos de la ciudad mencionada. Luego, viene la construcción de las nuevas pilas (ver fotos a parte de este texto), en los años cincuenta, ya alimentadas con agua de la cañería. Para esta gran obra, intervinieron varias instituciones: Municipalidad de Alajuela, Ministerio de Salud, Caja Costarricense de Seguro Social (C.C.S.S) y la Asociación o Junta Administradora del Hospital San Rafael de Alajuela.

Después vino el relleno, sepultando el galerón, piletas e historia del lugar. Allí, se construyó el Parque para niños ya indicado, con cómodas instalaciones y biblioteca infantil, lindas zonas verdes, mucha vegetación  y juegos infantiles, sin faltar un pretil exterior apto para el descanso y se utiliza, como en el pasado, para esperar el autobús, taxi, la tertulia y hasta para la cita amorosa.

Dos situaciones anecdóticas de este lugar, recuerdan los vecinos. Detrás del galerón de madera, pasaron sus años de vida y pobreza, doña Sérvula, más conocida como la madre de Miguelito «Méquere”, inolvidable personaje alajuelense y otro a quien en Alajuela le bautizaron “Paracaídas”, de nombre Miguel, un señor muy alto, aficionado a utilizar sobre su espalda un montón de tiras o fajas. Como notamos, al alajuelense del ayer y a los de ahora, no se le escapaba alguna característica que podría servir para «rebautizar» a una persona. Y «Méquere», porque el personaje tenía problemas en pronunciar palabras, de ahí, qué «miércoles» lo decía de esa forma. «Méquere», muy querido por el pueblo alajuelense.

La muerte trágica protagonizada por Juan “Pelotas”, fallecido al caer en la peña, su padre don Mateo Soto, también conocido como “Pelotas”, accidente que vino a conmover a la ciudadanía alajuelense, posiblemente no acostumbrada a hechos repetidos de sangre y violencia en calles y hogares.

Por el inevitable progreso de la ciudad, este sistema de lavanderos  desapareció, el área fue clausurada, se entubaron las aguas y se sepultó el espacio.

Hoy, desenterramos esta historia, ignorada por varias generaciones que ni siquiera sospecharon de la existencia de este escenario, lleno de valentía, responsabilidad, sacrificio, limitaciones en muchos sentidos, donde la mujer puso a prueba su empeño y amor por sus familias y Patria, logrando salir avante.

Las piletas centenarias (Fotos 2018).

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2018: lo que queda de las casonas de adobes, El Arroyo, hacia el Oeste.

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Fotografía de una pintura dedicada

a las lavanderas, ubicada en el par –

quecito de «El Arroyo».

Diccionario:

Cerbatanas: Cañuto en que se introducen bodoques u otras cosas (bolitas de arcilla) para hacerlas salir violentamente, soplando por uno de sus extremos.

Aplanchar: aplanchado, planchar. Conjunto de ropa por aplanchar o ya planchada.

Elote: mazorca tierna de maíz.

Motetes: envoltorio, atado.

JaboncilloJaboncillo: (Sapindus saponaria). Los frutos son bayas redondas de 15 mm de diámetro, color café lustroso, que contienen una pulpa pegajosa y una semilla de 1cm de diámetro, redonda y negra. Son venenosas. La pulpa de los frutos contiene gran cantidad (30%) de una sustancia llamada «Saponina». Al estrujar los frutos estos hacen espuma que antes se usaba como jabón para lavar ropa, de ahí el nombre «jaboncillo».

Perlina: polvo especial para fabricar jabón.

Méquere: Personaje de Alajuela, quien tenía dificultad para pronunciar las palabras. En lugar de “miércoles”, decía “méquere”; “jueves”, decía “juéveres” y así con todas las palabras que él conocía. Su nombre Miguel, de ahí fue conocido como “Miguel Méquere”.

Bolinchas: canicas, bolitas de vidrio.

Candelas: Vela para el alumbrado, útil por la falta de electricidad.

Aguacereándose: exposición de ropa lavada, arrasada por la lluvia.

Publicado julio 12, 2011 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

Barbería Hermanos Lara, 1955 (Historia sujeta a cambios, en construcción).   Leave a comment

Tres hermosas generaciones marcan el inicio y permanencia de la familiar “Barbería Hermanos Lara”, desde mil novecientos cincuenta y cinco.

Manuel Mórux, al centro, con los barberos Rigoberto y Juan Ramón Lara Jiménez.

Sus fundadores, don Rigoberto Lara Jiménez, conocido como “Gato” y su hermano Juan Ramón, “El chino”, iniciaron los preparativos de su establecimiento y profesión para atender la demanda del alajuelense, ubicados en el centro de Alajuela, costado sur del Mercado Municipal.

Un punto estratégico, rodeado de establecimientos comerciales, bares, salones de baile, cafeterías, panaderías, zapaterías, tiendas de ropa, ferreterías, farmacias,  estación o “parada” de autobuses con destino Alajuela-Heredia-Alajuela, algunas líneas hacia distritos y cantones alajuelenses y todo lo que representa el centro de una ciudad.   

Diez o quince años permanecieron en este sector hasta cambiar de sede, frente a Repuestos “Dixon Parts”, propietario don Gilbert Blanco, en el corazón de la ciudad, Avenida 3, Calles 4-6.  

Al construir la casa, se adjudicó un espacio para la barbería al mando de los dos hermanos, quienes trabajaron juntos durante muchos años.

La barbería de los hermanos Lara, sobresalía por el  mayor precio en sus servicios, pero mostraba más calidad  en todo, especialmente en el aseo de toallas, paños, sillas, excelente aplicación del alcohol, cremas, lociones, mantenimiento de sus herramientas y otros cuidados para el cliente.  

Generalmente un servicio costaba 0,25 céntimos de colón, luego pasó a un colón, dos colones cincuenta, hasta hoy en cuatro mil colones. Las tarifas donde Lara eran un poco más altas y aún así, siempre contaron con gran clientela, incluso, muy visitada por deportistas, empresarios, políticos, campesinos y otros sectores con gentes de mejores ingresos económicos y ciudadanos en general.

Los sábados y domingos asistían empresarios y profesionales muy conocidos, citamos a Ángel y José “Chepe” Zamora de “El pedregal”, los Jaikel, familia Llobet e hijos, el abogado César Rojas y deportistas famosos como don Carlos Alvarado, alias “El Aguilucho”, gran portero histórico de la Liga Deportiva Alajuelense (L.D.A) y nuestra Selección Nacional, Roberto Tyrrel  y otros amantes del deporte.  

En ese ambiente, discutían temas políticos, municipales, fútbol, religión, negocios y más temas de la ciudad o el país. Se discutía con calor, cada uno defendía su ideología y sus posiciones con serios argumentos; pero era un ambiente agradable entre amigos y vecinos, todos grandes clientes  de los Lara. Incluso, los hermanos citados se metían entre las discusiones o tertulias. Y posiblemente “cortaban rabo y orejas”, defendiendo lo suyo.

Entre las anécdotas del ambiente acogedor, era normal que cerrada la barbería después de cada jornada, venía el juego de tablero de treinta y dos fichas, al mando de don Carlos Morera, hasta altas horas de la noche, disputando alguna revancha.

Otra, el consumo de manzanas, uvas, mangos, queques, cajetas, helados, refrescos y más comestibles comprados por don Chepe Zamora, en medio de tertulias, discusiones,  chistes y música de guitarras, porque la música no debía faltar.  

Cuenta doña Noemy Barrantes, muy joven en esos momentos, alajuelense, que no era común una estudiante de Universidad sentada en sillas de barberías, pero lo consideraba normal, mientras algunos asistentes hombres lo veían “rarillo”; la estudiante no aceptaba el uso de loción al final del corte de cabello, posiblemente por el aroma varonil; eso sí, encantada con el trato siempre respetuoso y calidad en el trabajo de los barberos y presentes.

Las sillas, gemelas, donde estuvo doña Noemy, tenían la marca japonesa Takara.  Don Rigoberto las compró en un conocido comercio capitalino, “La Granja”,  y su fiador fue don Willy Lizano, de Salsas Lizano, al precio de tres mil colones cada una, con cuotas de cien colones, por mes.

Hoy, estas sillas, están funcionando al mando de la segunda generación de barberos, en la familia Lara. 

Como en toda barbería-peluquería de nuestros pueblos y ciudades, no faltaba la lectura, mientras esperábamos el turno para subir a la silla. Don Rigoberto y don Juan Ramón se esmeraban por tener en una mesita, los diarios, “comics”, revistas femeninas, deportivas, crucigramas, horóscopos y otras, siempre con las mejores atenciones a sus clientes.   

La segunda generación, representada con la barbería y gran profesionalismo de don Rigo Antonio Lara Alpízar, “Rigo Lara”, más conocido así, en Alajuela.

Rigo trabajó con su padre ocho años y al fallecer su gran Maestro, tomó la dirección de la barbería, a los veintisiete años. Sus primeras experiencias se iniciaron, ya solo, frente a la panadería “La moderna”, en el centro de Alajuela. Y por el al alto costo económico de alquileres o locales comerciales, vio la necesidad de ocupar otros lugares, recordamos al sur de la Plaza Iglesias, muy cerca del Templo católico y actualmente, cien metros al Este del Banco Popular, en el centro alajuelense.

En la sede actual, un local esquinero, pequeño, sus paredes interiores con imágenes deportivas nacionales y de otras naciones, sobresalen banderas del Real Madrid, Barcelona F.C, sin faltar los colores rojo y negro de Liga Deportiva Alajuelense. Algunas figuras religiosas, recortes de periódicos mostrando un tema relacionado con la barbería, calendarios y otros. Y en el centro del local, arriba del gran espejo, la foto de su padre, don Rigoberto, siempre presente con su hijo y barbería.   

Su gran Maestro en la profesión de barbería, sin duda también lo orientó por el camino correcto en la vida: persona de bien, educado, respetuoso, trabajador, responsabilidad; incluso bien adiestrado en la manipulación de sus herramientas de trabajo, aseo en ellas, aceitadas y el filo bien asentado para mayor seguridad en el cliente.  

Hoy, Rigo cuenta con una excelente clientela, gente de mucho respeto, jóvenes, adultos mayores, niños, incluso, algunas damas que usan  cabello corto, tipo varonil. Le encanta la conversación, tratar temas varios que comparte con sus clientes, amigos y familias. Dice con orgullo, que los hijos de sus clientes, también son sus clientes.  

La tercera generación representada con una pareja de jóvenes hermanos, hija e hijo de don Rigo: Jesús Alonso Lara Molina, nació en 1992 y María Natalia, en 1993. El muchacho trabaja en “barbería express”, atiende a mujeres y hombres. Su hermana, trabaja en el salón de belleza de su madre, Floria’Studio, en su hogar, Carrizal de Alajuela, especialista en peluquería-maquillador.

Y por ahí, asoma la cuarta generación. Sin duda, una barbería familiar, en nuestro suelo alajuelense…

Herramientas antiguas y nuevas.
«Máquina tijera»

Comentarios:

«Maco Molina usaba esas máquinas. Cobraba 1 colón por el corte de pelo. A nosotros nos reintegraba 0,25 céntimos, o sea, una peseta, hacíamos fiesta con el rebajo».

«Pellizcan o halan el pelo por pasar la máquina muy rápido, y a la hora de aflojar es cuando maltrata un poco, prensa el pelo».

«Recuerdo la barbería de don Luis Morera, estas maquinitas jalaban el pelo, causando cierta molestia».

Alajuela, 02 febrero 2022.

Publicado marzo 6, 2022 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

La carbonera de Ñica   Leave a comment

¿Recuerda cuando nuestros abuelos y padres nos enviaban a los “mandados” de la casa?.

“Vaya a la pulpería de don Napo y me trae lo apuntado en este papel, al Molino de Cayetano por la masa, a la pastelería de don Rubén Güell por los «borrachitos»(tipo de repostería), donde doña Susa por las tortillas, pase por los botones donde Alfredo Rodríguez, por el rollito de culantro en el Mercadito de don Juan Solano…cuidado se queda jugando en la calle”. Así eran las órdenes y mandados, especialmente de nuestra mamá o la abuelita.

Pero… ¿Le tocó ir a comprar carbón para el anafre, el fogón, la parrilla o cocina de su casa? Los anafres, muy utilizados en tiempos pasados, fueron construidos por don David Sibaja en el patio de su casa, aplicando materiales de calidad en ladrillos y varilla de construcción, fuertes y casi indestructibles por más carbón que consumieran todos los días.  Y en el Mercado Central de Alajuela encontraba gran cantidad de clientes.    

En esta anécdota vamos a recordar la venta de carbón, en El Llano de Alajuela.

Todo el mundo conocía la casona de madera donde vendían carbón, aunque no había ningún rótulo; sin preguntar mucho se llegaba al galerón de la casona de un señor conocido como “Ñica”, muy humilde, honrado, trabajador, un gran ejemplo para su familia y vecindad.

Nadie mejor que Daube Gómez Álvarez, su hijo, nos cuenta lo de Ñica y su familia, quiénes instalaron la carbonera: “Don Narciso Álvarez Castro, nuestro abuelo, inició la venta de carbón hace más de medio siglo y para lograrlo alquiló un galerón en quince colones mensuales, en el Barrio Concepción El Llano de Alajuela, muy cerca, a unos cien metros al Este del Estadio Alejandro Morera Soto.

Cuando eso, sigue contando, el “cuartillo” de carbón valía cinco colones, la “cajuela” veinte colones (4 cuartillos) y el “saco” treinta colones (4 cajuelas), en dos clases de carbón: el mejor, obtenido de la madera del roble, daba una “ceniza negra” y la mejor prueba se obtenía al encender el carbón produciendo gran cantidad de chispas. Más duradero, aunque más difícil de encender; contrario al otro carbón, dejaba una “ceniza blanca”, más fácil de encender, pero menos duradero. Esta blancura era el resultado de la madera blanca, al utilizar la madera del guayabo. Algunas personas preferían el carbón de ceniza blanca para evitar el chispero y algún accidente.  

Al fallecer don Narciso, la carbonera pasó a manos de doña Dora Álvarez Azofeifa, su hija, en un galerón detrás de la casa. Al morir doña Dora, la “tradición carbonera” no se apagó porque estaba en manos de verdaderos “robles”, gente de mucho trabajo.

Por último, don Daube Gómez Orozco, Ñica, pensionado, continuó con la tradición, hasta su muerte, hace más de veinticinco años. Con él, la carbonera llegó al final, también ubicada en la misma casita o galerón, muy cerquita del centro deportivo.”

Los clientes habituales de la carbonera llanera, siempre fueron las ventas de comidas, ventas de tortillas caseras, tamales y otros productos, las gentes que “cocinaban” (cocción) el maíz para obtener la masa en el molino y las fiestas con parrilladas; mientras los clientes mayores, eran las fábricas de papas tostadas, entre éstas, “La Libertad”, hoy con más de cincuenta años de existencia, en el centro de la ciudad.

Otros clientes, el Instituto Nacional de Aprendizaje (I.N.A). La Institución tenía un programa del cultivo de orquídeas con “óvulos” traídos de Taiwán para el desarrollo de las plantas y aquí se preparaban los injertos. Se introducían en botellas y al germinar se sacaban con unas pinzas, hasta colocar en cajitas, posiblemente plásticas o de cartón. En el siguiente proceso, se aplicaba un abono muy especial.

El carbón “quebrado” o carbón “menudo”, incluso el polvo del mismo, sirvió de abono al desarrollo de las plantas. Para la carbonera fue muy importante el aporte de un centro educativo de prestigio en la compra de su producto.  

Existió una venta de carbón en el Barrio El Carmen de Alajuela, más pequeña.  Otras, de la esquina sureste del Parque del cementerio, o sea, cincuenta metros sur de Fábrica de billares Punis, la carbonera de Raúl en el barrio Plaza Yglesias y una muy cerca del conocido bar La tacareña, de Zenén Vargas, en el corazón de la ciudad y la de doña Edelmira, diagonal al bar «El barquito», en El Brasil de Alajuela. Todas con su clientela y trabajadores de calidad.  

La carbonera de Ñica, en manos de él y su familia, siempre actuaron con transparencia porque vendieron calidad, sin necesidad de combinar el producto con diferentes clases de carbón. Vendía las dos clases de carbón, pero siempre por separado o a criterio del cliente.  Eso sí, desconfiado porque había detectado que el carbón traído de alguna carbonera, allá en el Cerro de la Muerte, mezclaban el producto.

Por tal razón, “zarandeaba” cada saco para verificar que no entrara a su  galerón, carbón quebrado con carbón entero. Prefería perder, pero al cliente le entregó calidad, aunque por allá, le metieron en el saco “gato por liebre”, como decimos en el pueblo.

Y del trabajo de las carboneras, nacieron otros personajes. No debemos olvidar la función de don Rafael Ángel Ballestero Oconitrillo, conocido en Alajuela con varios sobrenombres, “Tirimbumbia”, «El árabe» y el “Negro Ña”, nació en el año mil novecientos veintiséis, alajuelense de nacimiento, vecino de «Los Higuerones». Utilizaba un carretillo de madera para trasladar diariamente los “encargos” de carbón provenientes de casas de habitación y establecimientos alajuelenses; incluso, fuera del perímetro de la ciudad, citemos La Guaria y San Martín de Canoas y otras comunidades.

También, su carretillo era apto para transportar «diarios» (el tradicional diario estaba conformado de varios artículos para el hogar, granos, dulce de tapa, harinas, queso, sal, café, pan, avena, cacao, manteca, siropes, azúcar, algún licor o vino, etc) desde el Mercado Central de Alajuela a casas de habitación indicadas por el comprador; sin faltar el traslado de cajas con licor a algunos establecimientos llamados bares y «pulperías-cantinas», muy propias de esos tiempos.        

Por el momento, no sabemos el origen y significado de algunos de sus sobrenombres, pero sí conocimos su humildad, muy servicial, de baja estatura, piel oscurita, descalzo, no utilizaba camisa para el trabajo portaba siempre un saco de manta amarrado a su cintura y un simulacro de turbante, por lo que gente también le decía «El árabe», un gran trabajador. 

Tan trabajador que hasta se apuntaba a construir los huecos en el cementerio de Alajuela, con la ayuda de un amigo a quién le decían «Patas sucias». «Tirimbumbia» nunca le hizo mala cara al trabajo. Por eso destacamos su persona y parte de su vida, su esfuerzo, para ganar el sustento diario.

Nos cuenta Daube: “mi papá tenía de cliente a un señor de Estados Unidos, vecino en Sabanilla de Alajuela. Acostumbraba en su finca hacer fiestas con invitados de su país y nacionales empleados de la finca, sin faltar las parrilladas y otros platillos. Llegó al barrio El Llano y preguntó por Ñica pero éste ya había fallecido y el “gringo” no lo sabía. El cliente lamentó muchísimo la situación, lo mismo la familia, al sentir el dolor del extranjero.

¡Sí, don Daube ya no está en la carbonera!. Ya no muestra sus manos, delantal y ropas envueltas con el polvo negro del carbón. Los sacos, el carbón, los cuartillos y las cajuelas (implementos construidos de un latón fuerte) son recuerdos de nuestra historia laboral alajuelense y por eso, hoy recordamos a la carbonera y emprendedores, con mucha nostalgia…  

El Llano, Alajuela, 26 noviembre 2021.

Glosario:

Anafre: Hornillo portátil que hace la función de los quemadores de una estufa. Generalmente se alimenta de carbón o leña.

Pulpería: Establecimiento comercial típico de las distintas regiones de Hispanoamérica. Proveía lo necesario para la vida cotidiana: comida, bebidas, velas, carbón, remedios, telas y otros. Era el centro social de las clases sociales humildes y medias de la población. Allí se reunían los personajes típicos de cada región a conversar y enterarse de las novedades del pueblo.

Gato por liebre: Cuando hay un engaño de manera deliberada, con total intención al dar un artículo o prestar un servicio diferente, con menos calidad a la acordada.

Zarandear: Mover una cosa de un lado a otro con rapidez y energía.

Carbonera: La que vende carbón o espacio, un galerón, para depositar carbón.

Cajuela: Unidad de medida. Se divide en 4 cuartillos.

Cuartillo: Unidad de medida.

I.N.A: Instituto Nacional de Aprendizaje, centro educativo de Costa Rica, Centroamérica.

Guayabo: Madera dura, excelente para leña y mangos de herramientas. Color pardo claro.

Diario: conjunto de alimentos para el hogar.

NOTA: Esta historia no está actualizada. Sí, en la llave Data.

¿Cómo se logra el carbón?

(Tomado de Wikipedia, la enciclopedia libre)

La carbonera se forma de modo artesanal colocando los troncos de leña en forma de cono y cubriéndolos con una capa de tierra de unos 20cm de grosor. En la parte superior del horno se practica una chimenea y se hacen respiraderos en la base para avivar el fuego. Se introducen brasas por la chimenea y se alimenta con tacos de madera regularmente, llevándose a cabo la combustión en ausencia de oxígeno. Transcurridos unos 20-30 días, los troncos de madera se han reducido a carbón.

 

Publicado diciembre 4, 2021 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

Don Memo Molina, el ebanista alajuelense   Leave a comment

Nombrar a don Guillermo “Memo” Molina Vásquez, el ebanista, es como estar hablando del roble, guayacán o el pochote.

“Don Guillermo está pochotón, es tan fuerte como el roble, es un guayacán”, dice la gente del gran trabajador alajuelense, nacido hace noventa y seis años.

Y, no únicamente comparar su fortaleza física con finas y fuertes maderas, es un ejemplo del significado de envejecer con elegancia, gozando de muy buena salud física y mental, ejemplo de tenacidad y grandes valores morales, cristianos, patrióticos y de familia, gran testimonio de vida y amor al prójimo, practicante de los Mandamientos de Jesucristo; un señor amable, educado, simpático, amoroso, siempre decidido a contar historias de su querida Alajuela. Un cuenta cuentos alajuelense.

Eso sí, sin excluir su propia historia laboral y personal, historia ejemplar para todas las generaciones, una historia honrosa para su linda tierra y su familia.  

En su actual taller de ebanistería, instalado aquí hace más de dos décadas,  ubicado diagonal a la Escuela Ascensión Esquivel Ibarra, en el centro de Alajuela, en una casona pura madera de tablilla, construcción de hace unos cincuenta años o más, nos invita con el siempre amable “pase adelante y se sienta”, en un banco de madera o sobre el material de largas tablas, relata con mucha claridad y precisión esos recuerdos de hace muchos años y de hoy, su pasión por la ebanistería, desde muy joven.

“Ingresé, primeramente a dos ebanisterías en el centro de Alajuela, propietarios don Arturo “Cachacha” Alfaro y don Erick Molina, conocidos ebanistas alajuelenses y grandes ex jugadores de la gloriosa Institución roja y negra, la Liga Deportiva Alajuelense (L.D.A).

En uno de estos centros de trabajos,  permanecí muy poco tiempo, unas horas, para luego seguir en la otra el proceso de aprendizaje del oficio, sin recibir salario, porque lo importante era estar con los dos maestros y artistas en madera y aprovechar su experiencia y conocimientos”, dice con mucha claridad, sentado en una banca de cemento, en el exterior de nuestra hermosa Catedral, su lugar tradicional para la Oración y reflexión.

Y si Usted quiere ubicar a don Memo, un domingo, venga a la Misa de las nueve de la mañana a la Catedral de Nuestra Señora del Pilar, en Alajuela. Siempre activo, recogiendo la colecta, encendiendo las velas del Altar, colaborando con la Sacristía para que todo quede bien ordenado para las próximas actividades, porque donde hay orden, está Dios…  

Don Memo experimentó en otros talleres o ebanisterías, recuerda los talleres de don Ulises Rodríguez, ubicado cerca del Parque Juan Santamaría, en el centro de Alajuela y otro muy cerca del Mercado Municipal. Incluso, el garaje de su casa que no era usual que las casas tuvieran este espacio, setenta y cinco metros oeste actual Correos de Costa Rica, practicó el inicio de su oficio, en forma independiente, con algunas pocas herramientas.    

Uno de sus primeros trabajos o tareas asignadas por los expertos ebanistas, consistió en el proceso de “charolar” la madera. Así como los expertos ebanistas explicaron con paciencia a don Memo el trabajo citado; don Memo saca el ratito para explicar al autor de esta nota, lo aprendido en el taller, su primer tarea.

Lo que se decía como “charolar la madera” era lo que hoy conocemos como el barniz en la madera, producto de muy fácil acceso en los mercados de pintura y otros.

Y nos explica el proceso:

La pieza de madera se exponía a un minucioso tratamiento: primero, lijar correctamente la base; luego, se aplica el granito de la “piedra pómez”, esparcida uniformemente para tapar la porosidad, con un lijado suave. Cumplido este proceso, una goma especial a base de laca y disuelta en “sinner”, aplicada suavemente con una mecha húmeda, hasta sacar el brillo perfecto en la madera, como un espejo.

Durante más de cincuenta años ejerciendo la profesión de ebanista, ha construido todo tipo de muebles para nuestros hogares y trabajos. Roperos, camones, camas, bancos, sillas, pupitres escolares, trinchantes, bancas de iglesias, cómodas, mesas de comedor…y con calidad. Calidad obtenida de sus grandes maestros de la madera…

¡Muchas gracias, don Memo!

Nota: lo escrito en estas líneas, es tomado del testimonio oral del ciudadano y lo indicado por don Memo. Muchas gracias, si Usted tiene más historia, la recibimos con gusto para enriquecer este texto. Lo escrito hasta ahora, está sujeto a cambios, correcciones, ampliaciones.

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Publicado junio 13, 2021 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

Ferretería «Juan Castro»   Leave a comment

Una de las primeras ferreterías en Alajuela, la instaló don Juan Castro Molina, muy joven, en el centro de la ciudad, veinticinco metros al Oeste del hoy antiguo Instituto de Alajuela (IDEA), en medio de dos conocidas farmacias, la de Chavarría y la Salazar. Ya en los años cuarentas o antes, don Juan estaba ubicado en el corazón de la ciudad. Luego, posiblemente, nació la librería-ferretería Lizano o estaba también establecida. Don Juan emigró con su ferretería al este de la ciudad, propiamente muy cerca, a unos setenta y cinco metros, hacia el este, de la Estación del Cuerpo de Bomberos. Al frente, tenía de vecinos muy conocidos, a don Carlos Jiménez (padre) y don Solón Lizano.


Dejó de alquilar el amplio local central, propiedad de la familia Chavarría y trasladó su ferretería a su casa de habitación, segregando algún sector de la edificación, donde continuó con su trabajo hasta el final. En este punto, muchísimos fuimos sus clientes, desde el barrio El Llano, La Agonía, El Brasil, Los Higuerones y otros barrios cercanos, durante muchísimos años. Una casa de madera, pintada color beige, con olor a antigüedad, como muchas casas de adobes y de madera, propias de estos barrios alajuelenses. Su ferretería no tenía un rótulo, únicamente fue conocida por el pueblo, con la mejor identificación del Mundo: Ferretería «Juan Castro».

En el local desocupado, se instaló el conocido Restaurante-cafetería «El aeropuerto», de un señor Luis Beltrán.


Y como era costumbre o regla general, estos decididos trabajadores, responsables y amantes del trabajo, citemos los ejemplos de don Bolívar Valverde con su famosa cafetería, la pulpería El Periquito, el Molino de moler maíz de Cayetano y Adilia, la pulpería de Poché (Pochet), la pulpería de don Alfredo Rodríguez, la remendona de Paulino Soto Córdoba (armadillo o cusuco, le decían) y su esposa Bolivia, con el horno de barro para la elaboración de biscochos, polvorones y otros panes, contaron siempre con la guía, esfuerzo y amor de sus esposas para acompañar y organizar el trabajo de sus laboriosos hombres; así, don Juan Castro tuvo su gran sombra protectora de su esposa Mercedes Brenes, mujeres quienes se apuntaron a reforzar la labor o trabajo familiar, sin descuidar las duras labores del hogar y crianza de sus hijos y nietos. Una lucha dura, conjunta, para sacar adelante sus familias con éxito.


Don Juan Castro, así conocido y querido por toda la gente, un señor de baja estatura, un poco encorvado, de bigote y cabello blancos, muy estricto o “bravo”, como lo describe un antiguo cliente, al recordar a este señor trabajador. Vestía en su ferretería, con ropa color “caqui”, camisa manga larga, siempre con su inseparable delantal de pectoral y anchas bolsas, en army o mezclilla, muy atento, servicial y respetuoso ante todas las personas, niños, adultos, mujeres. Siempre atento a lo solicitado por el cliente.


La ferretería de don Juan Castro, tenía todo lo necesario en su línea, incluso, otros productos.


Los estudiantes del Instituto de Alajuela, quiénes recibían clases de “trabajos manuales” donde hoy está la Policía Municipal de Alajuela, a unos cuantos pasos de la ferretería, acudían a comprar las sierras para la caladora eléctrica y otros artículos. Otros clientes por la compra de clavos, tornillos desde el tamaño “chirrisquitico” hasta el más grandote de los tornillos, arandelas, tachuelas, empaques para mangueras y tuberías, estos artículos siempre en cajoncitos de madera. Sin faltar, pegamento para zapatos, canfín para las cocinas, óxido de zinc en polvo color blanco, éste, disuelto en agua formaba una crema finísima, color blanca, aplicable al calzado del mismo color, un blanco ideal para la elegancia en el calzado, apto para asistir a la Misa y otras actividades de la Iglesia. Un producto siempre exigido por nuestras madres. Y siempre presente en la ferretería, era la receta en esos tiempos para el calzado y buena presentación al vestir.


También en la ferretería no faltaban los anzuelos, cuerdas y plomadas para la pesca en el Río Ciruelas y otros ríos, muy visitados por adultos, mujeres y niños, un entretenimiento muy común en casi todas las familias, en esos tiempos de más paz y unión.


¿Cómo que la Ferretería “Juan Castro”, un hombre de trabajo y paz, vendía metralletas, pólvora y plomo? Eran unas rueditas de pólvora que al ser majadas con la suela del zapato, brincaban en varias direcciones, acompañadas de un sonido o tiroteo, similar a las armas de fuego. Estas metralletas nos hacían reír, brincar, asustar y recibir un olor fuerte a pólvora, a más de uno. A este tiroteo, don Juan nos ofrecía a la venta, los “triquitraques”, especiales en tiempos de Navidad, fiestas y escuela. Y el plomo, un producto muy particular en la ferretería, los “huevos de plomo”, utilizados en los nidos de las gallinas, afirmaban, para incentivar la producción de huevos. Vale que si esto dio resultados positivos al recoger abundancia de huevos, siempre salieron frágiles, de mucha calidad, nunca duros, ni pesados y menos con color y olor a plomo.


Por todo su trabajo y utilidad de sus productos en nuestros hogares, centros de trabajo y diversión, a don Juan Castro Molina, todos los vecinos sentimos mucho cariño, muchos recuerdos y respeto. Por eso y más, tratamos recordar su persona, su ferretería y familia, pero no es suficiente hacerlo en pocas líneas, no es suficiente lo escrito hasta el momento, porque su historia es muy amplia…


¡Cuéntenos más de su historia, de sus anécdotas, cuéntenos qué sabe Usted de don Juan Castro y su ferretería, del trabajo de un gran personaje de nuestra Alajuela!.

Nota: texto sujeto a cambios, ampliaciones, correcciones de todo tipo. Se hace en base al testimonio oral y escrito de ciudadanos alajuelenses, quiénes conocimos a don Juan y su ferretería.

Muchas gracias.

Publicado marzo 29, 2021 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

Donde Alfredo   Leave a comment

Don Alfredo y su familia.


En el capítulo anterior, “Una mirada a lo de antes”, presentamos una reseña histórica dedicada al establecimiento administrado por don Alfredo Rodríguez Flores y su esposa Mireya González Vargas, ubicado en Concepción El Llano, Alajuela, Costa Rica. Centroamérica.


Hoy, tomando el testimonio oral y escrito de vecinos locales y de otras comunidades, insistimos con el lindo tema, más amplio y preciso de este inolvidable trabajador alajuelense y su familia.


El establecimiento – una pulpería o comisariato – nunca mostró un nombre como es la costumbre, nada más conocido como «Pulpería de don Alfredo», aunque el pueblo utilizaba el término “Donde Alfredo”, para identificar la ubicación y llegar de inmediato, sin necesidad de rótulos comerciales y otros.


Sí, «Donde Alfredo» encontramos de todo, hasta lo que no había. Todo para niños y grandes, Alfredo lo tenía: botones de pólvora que mediante fricción los hacíamos reventar, chicles de bola, confitería, galletas, trompos, yoyos de la Coca Cola, anzuelos y nylon para pescar, maquinillas para afeitar, lindos regalos envueltos en celofán para días especiales de cumpleaños o día de la madre y padre, pañuelos, peines y medias para hombres, juegos de magia, alquiler de revistas a diez céntimos cada una, barriletes y el hilo para estos hermosos juegos disfrutados por niños y adultos, melcochas, blanqueadores de ropa (hidrosulfito), artículos de ferretería, bazar, abarrotes, sastrería, costureras, estudiantes y maestras, velitas para altares, canfín, mechas para quemar el canfín en las cocinas, adornos para el hogar, piñatas, cromos, postales, librería, desodorantes, elásticos muy utilizados por las costureras y sastres; en fin, todo lo necesario para todo. «Donde Alfredo» había de todo.

Y no podemos olvidar los días de fútbol, especialmente los domingos, en la Plaza de El Llano. Fue tradición la venta de los ricos «lecheros de sirope», acompañados de «polvorones», elaborados por don Carlos Artavia, quién también se encargaba de llevar mercadería variada, desde el centro comercial de don Jorge Ávila, en el puro centro de la ciudad, a solicitud de don Alfredo. Y es que don Carlos era un eficiente empleado y reconocido por elaborar el delicioso pan que no podía faltar en las pulperías de antes.


Muchas, muchísimas anécdotas escribimos junto a Alfredo y familia. Todos los que crecimos por los alrededores de su establecimiento, nos enviaron desde nuestras casas donde Alfredo, a los encargos y mandados. Y jamás vamos a olvidar el trato y respeto de un señor noble, amable, servicial y trabajador.

Clientes del establecimiento recuerdan el sistema de “Ferias” por las compras: “¿Y la feria?”. El cliente exigía la feria. Como respuesta inmediata, Alfredo introducía su mano en un envase o bolsa y daba un puñado de confites quebrados de diferentes sabores y colores. El mandado se nos hacía más placentero, disfrutando de confites, melcochas, caramelos y otras delicias. Y alcanzaba para llevar a la casa. Nos encantaba hacer los mandados y pedir, por ejemplo, “media libra de azúcar, una barra de numar y la feria”, pero don Alfredo exigía decir “margarina” y no lo otro.


Otros recuerdan la compra de velitas y canfín para iluminar los altares, dedicados a la creencia y fe en Santos y Ángeles, pidiendo a Dios y a la Virgen por la felicidad y salud de las familias.
“Yo, – Nos cuenta una vecina – con seis añitos, andábamos solitos en las calles, sin ningún miedo, seguros, hicimos los “mandados” del hogar, ordenados especialmente por nuestra madre. Nos indicaba: “vaya donde Alfredo y me trae una velita y canfín”. Recuerda la vecina que en una ocasión su hermana menor trató de prender las velitas y casi quema toda la casa, dando gracias a Dios porque no pasó a más y todo fue un tremendo susto para todos.


En otros mandados le correspondió, dice otra vecina, comprar cinta adhesiva por metros, a diez céntimos cada metro. Con un metro de cinta caminaba con los bracitos extendidos, hasta la casa en Villa Hermosa, a dos cuadras del establecimiento.
Y para los tiempos de diciembre, aumentaba el consumo de canfín utilizado en anafres y fogones, especiales para la elaboración de tamales, panes y otros platillos tradicionales en la mesa de los costarricenses.

El autor de este texto, recuerda así a don Alfredo: con unos diecisiete años de edad, le pregunté a don Alfredo si tenía maquinas de afeitar. «Sí, aquí tengo una». No recuerdo el precio, lo importante era el aparato. Una maquinilla donde se le adaptaba la hoja, con el sistema de quitar y poner. La maquinita me sirvió por un montón de años, hasta extraviarla en un viaje al interior del país. ¡Cuánto me dolió esa pérdida!, pero no olvido la historia anotada de mi juventud, hoy ya un adulto mayor de más de setenta y un años de edad.


Había mucha oferta y paciencia al comprar. Un día, cuenta un señor ya adulto de El Llano, un cliente perdió la paciencia por la espera en ser atendido y Alfredo dijo: “Si realmente lo necesita, ahí volverá”.


Bueno, ahora trataremos de ubicar los lugares o puntos donde estableció Alfredo su negocito familiar, en Alajuela. Primero, es bueno destacar que a los quince años de edad ya iniciaba sus primeros pasos como comerciante, en un pequeño local en el centro de la ciudad, frente a la conocida casa de don Hugo Beer, reconocido odontólogo.
En el año 1961, inició labores más fuertes, trescientos metros al sur entrada sombra del Estadio Alejandro Morera Soto; luego, diagonal a la esquina “suroeste” de la Plaza Concepción El Llano y por último en el Invu 3, Las Cañas, Alajuela. Aquí, sí utilizó el nombre «Novedades», a su establecimiento.


Claro, don Alfredo para desempeñar con éxito su trabajo, sin duda tuvo siempre la colaboración de su esposa doña Mireya. En el orden del establecimiento, limpieza, atención al cliente y responsable de todos los pormenores, ante la ausencia de don Alfredo, encargado de realizar las compras de mercadería en la Capital, San José. Sí, junto a un gran trabajador, una gran consejera y administradora, como es toda mujer.


Sin duda, un hogar que recibió el ejemplo de trabajo honesto, transparente y de mucho sacrificio. Estos trabajadores y familias son los que hacen grande un país y barrio.


¡Don Alfredo y doña Mireya, son parte del recuerdo de nuestra niñez!


(Texto sujeto a cambios, agregados, correcciones). Lo escrito es tomado del testimonio de vecinos de EL LLANO y otros lugares.

Publicado marzo 16, 2021 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

Del álbum familiar   Leave a comment

Diario La Nación. Sección El Alajuelense. Periódico bisemanal, del 23 agosto al 5 setiembre 2002.

Coordinadora o Directora de EL ALAJUELENSE: Eugenia Sancho.

Publicado diciembre 29, 2020 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

El guatico más bombeta   Leave a comment

Diario La Teja, página 12, sección NACIONALES.

Periodista: Wendy Mata.

Publicado diciembre 29, 2020 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

EL APODO DE MI FAMILIA   Leave a comment

Diario La Teja, Sección Mi Pueblo. redaccion@lateja.co.cr

Sábado 4 noviembre 2006.

Por: José Morera. Lector de La Teja. Costa Rica. C.A.

Publicado diciembre 29, 2020 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

Eco Católico: Ermita retoma tradición y devoción a San Caralampio   Leave a comment

ECO CATÓLICO, IGLESIA DE HOY, página 2, Domingo 4 02 2018. De la periodista Sofía Solano G.

Publicado diciembre 27, 2020 por José Manuel Morera Cabezas en Historias