Qué tiempos los del adobe   Leave a comment


De nuestros tiempos de infancia, recordamos tres situaciones muy especiales en el barrio que nos vio disfrutar la niñez: la esquina de don Reynaldo Bravo, Nayo, el Molino de Cayetano y el Guardia Civil o policía.

La casona esquinera de Nayo, ubicada detrás de la iglesia “La Agonía”, inolvidable edificación con paredes de adobe encaladas y en su interior la pulpería-cantina, el pool y el enorme patio abundante en mangos, bananos, jocotes, chayotes, tacacos y cercas con piñuelas; además, el salón grande con tres bancas de madera donde los niños nos acomodábamos confortablemente a mirar la pantalla del televisor – marca Zenit, en blanco y negro – entre los pioneros en llegar al barrio.

El sorprendente avance tecnológico traído a nuestro vecindario, en forma de cajón grande de madera, fue parte de la familia alajuelense, especialmente la gran atracción para los niños.

Un diez o una “peseta” – veinticinco céntimos de colón – para disfrutar las series televisivas “Pájaros de acero”, “El llanero solitario”, “Patrulla de caminos”, fábulas y otras que eran las preferidas de la infancia.

Fue tema casi a diario, solicitar o pedir el dinero a nuestros padres, para asistir con los amigos del barrior, al salón y estar frente aquel aparato lleno de perillas o botones. El patrullero, el helicóptero, el caballo “Plata”, el llanero y su inseparable indio, las fábulas de las “urracas parlanchinas”, se convirtieron en nuestros preferidos personajes, pintados de negro y blanco, gracias al cine de don Nayo.

Jugar en aceras con el trompo y el yoyo, participar en los enormes patios de nuestras casas a la guerra de “indios” contra “vaqueros”, jugar a los cromos, practicar chócolas con “bolinchas” de vidrio – las más finas eran las llamadas “cubanas” – y los humildes chumicos y pesados balines, combinado con la asistencia a las series de televisión, significaban momentos de mucha recreación en niños y adultos.

Muy famCayetano y Adiliailiar para los niños y viejos, fue la casona grande con paredes de adobes y puerta gruesa en madera, ubicada  veinticinco “varas” al Este de la esquina sureste de la Iglesia o Templo de La Agonía, casi junto a Nayo, Adilia Cabezas y Cayetano Morera,  personajes del puro pueblo obrero, instalaron el molino utilizado para moler maíz y venta de masa por “libras”, no por “kilos”, como decimos hoy.

Los dos, a las cuatro de cada mañana, sin fallar, despertabMolino Cayetanoan al vecindario con el ruidoso aparato – pesado armazón de hierro, aluminio, bronce y acero, movido por un poderoso motor  – y así, con esfuerzo y constancia, fueron levantando el negocio hasta convertirlo en la principal fuente de ingreso para el sustento familiar, durante casi medio siglo.

Los vecinos compraban en aquel reconocido establecimiento, la masa y hojas de plátano por libras; la mayoría de los clientes cocinaban a “pura leña” el maíz en sus casas; traían el maíz cascado (pelado), tierno (elote) y el corriente (sin pelar) desde comunidades más alejadas – Desamparados, San Pedro, Santa Bárbara, Rosales, Brasil – para procesarlo o convertirlo en masa, grano que traían en sacos de manta, en sacos de yute y en ollas de aluminio rotuladas con sus nombres y apellidos, para evitar el intercambio no voluntario de éstas, tal la cantidad de ollas y sacos que se colocaban en el mostrador y en el suelo. Traer el maíz en vísperas del veinticuatro de diciembre, significaba ganar tiempo y coger espacio en el molino y así garantizar la preparación de los tamales, platillo exquisito y característico del costarricense.

La masa lista, en muchos casos combinados con chicharrón, papa, arroz, ajos, culantro, chile dulce, caldo de carne y otros ingredientes, era la materia prima utilizada para preparar los deliciosos tamales navideños. Del molino de Adilia y Cayetano, salía casi “medio tamal” ya que la masa iba bien condimentada, a gusto del cliente quien aportaba los ingredientes, si esta era su decisión.

Y la preparación de la masa para su venta, tenía un gran trabajo.  ¿Cómo era el proceso para obtener la masa? La preparación y comercialización de la masa requería de un arduo trabajo y planificación, donde intervenía toda la familia, utilizando varias herramientas, acordes con la época.

Primero,  adquirir la materia prima, en este caso, la compra del maíz de calidad y en cantidad suficiente ante la demanda diaria y en especial para la navidad e inicio de nuevo año. El principal surtidor del grano se encontraba en el Mercado Central de Alajuela,  un señor conocido en todo el Mercado y en Alajuela como “Don León”,  quien tenía un tramo de granos, especialmente de maíz, con ventas al “por mayor” y “al detalle”. Desde un “cuartillo” y los quintales que el cliente necesitaba, ahí estaba don León. Incluso, dice una anécdota, hasta los granos de maíz para el popular “Bingo” en  los turnos de San Gerardo y el Santo Cristo de La Agonía, fiestas populares de nuestros santos de infancia, provenían del trabajo de don León.  Cayetano, se convirtió en uno de los clientes conocidos o compradores de maíz.

En una carretilla, don Luis Morera, “Cayetano”, transportaba el grano en sacos de “gangoche”, desde el Mercado Central alajuelense, hacia el barrio antes indicado, un recorrido de casi un kilómetro. En esos tiempos, funcionaba el carretón con su caballo y carretonero, pero Cayetano utilizada la carretilla movida con sus propias fuerzas.  Esto representaba economía en el transporte y no elevaba el precio de la masa, todo en beneficio del consumidor.

Como vemos, la preparación de la masa, tenía su trabajo y sacrificio. Pero falta más…

Ya el grano, en la casona de adobes, ocupaba un importante lugar, un espacio fresco, sin humedad y mejor aún, lejos de las gallinas de los vecinos, animalitos que invadían los territorios de las casas, porque no existían muros, sí alambre púa y piñuelas. Sin faltar la “troja” para la leña y otra para la conservación del maíz. 

El otro elemento, el fogón para la cocción del maíz. Lo más sencillo en nuestra casa, tres piedras grandecitas bien puestas en el suelo, para montar el recipiente donde hervía el agua y el maíz.

El recipiente se elaboraba de un estañon,  en el taller mecánico de don Abel Cruz, ubicado costado norte de la Plaza El Llano, Alajuela. La habilidad y experiencia del vecino, le daba otra cara al estañon: lo cortaba en la pura mitad y le adaptaba a base de soldadura, dos grandes orejonas, por donde se sujetaba para movilizarlo de un lugar a otro, especialmente para subirlo y bajarlo de las piedras del fogón. Fuerte, resistente a altas temperaturas, boca ancha, muy limpio y grande, así era el recipiente. Posiblemente, existían otras herramientas, pero Cayetano se iba por lo más común y al alcance de la situación económica familiar y de la pequeña empresa.

Una bonita anécdota del fogón, cuenta alguien que lo vivió, el intenso calor y fuego provocado por el leño de café, hacía explotar las piedras, mientras Cayetano tenía que correr a buscar otras más fuertes en algún río, finca o patios de los vecinos para no demorar la preparación del maíz  y la apetecida masa.

Sin duda, esta situación de las “explosiones”, podían exponer a la familia, a quemaduras en sus cuerpos o pies, al desestabilizar  el recipiente hacia algún lado. Y todo esto y más, se hacía con amor, con muchas fuerzas, con tal de llevar el sustento diario a la familia y complacer al cliente en busca de la masa para elaborar las tortillas, tamales, tamal asado, tortas y bizcochos. Por más dificultades, el Molino de Cayetano, nunca falló. Ni sus clientes fallaron. Prueba, hoy día el Molino se mantiene, siete décadas después, claro, con la ausencia de Cayetano y Adilia, dejando grandes enseñanzas de esfuerzo, transparencia y cariño por los vecinos y clientes.

Fundamental para el uso del fogón, era el combustible utilizado, es decir, la leña o troncos de café sacado de los cafetales. Estos troncos llegaban a la casona del Molino, no como por arte de magia.  Cayetano buscaba a los vendedores de leña y se elegía el café por ser más duro y rendidor. Su transporte se lograba en carretón, hasta la casona.  Luego, el trabajo muy duro porque la familia debía alzar en sus hombros estos troncos, muchas veces cargados de hormigas negras y zompopas, hacia el patio de la casa, en un sector protegido del agua.

Leña

Imagen similar captada en el Centro de Alajuela.

Niño cargando troncos de café, en una casa. (Foto reciente).

¿Y por qué tanto sacrificio de toda una familia? Para salir avante se necesitaba mucho esfuerzo, mucho trabajo. La familia de Adilia y Cayetano, se destacó por ser una de las tantas familias de escasos recursos económicos pero abundantes en esfuerzo  y lucha. Si existían otros métodos más modernos para hacer menos dura la vida y el trabajo, no estaban al alcance de la familia. Madrugar, meter leña, prender el fogón, usar la carretilla y amor al trabajo, las armas de esta conocida familia.

El Molino de Cayetano, el molino de toda la familia y comunidad, desde su fundación por ahí del año mil novecientos cincuenta o antes, siempre ha estado a disposición de todos, con la venta de masa y las moliendas del maíz.  Compradores o clientes fijos, recordamos, la Soda “Los Sapitos”, de los hermanos González, en el Mercado Central de Alajuela, la Panadería Leandro,  algunas sodas en el Mercado de Alajuela, sin excluir a las señoras que en sus hogares se dedicaban a elaborar tortillas para el consumo interno y venta  o encargos para las casas, pulperías, escuelas y otros establecimientos.

Con el pasar de los años, la tecnología invadió el seno de nuestro hogar y al Molino. En lugar de piedras de los ríos o fincas,  le dio espacio a Cayetano para construir una plataforma de hierro, muy fuerte, sin “detonaciones” y sobre ella, algunas ollas modernas y no estañones, siempre con grandes orejas, pero acompañadas de válvulas y relojes indicando la presión y tiempo disponible para el cocimiento del maíz…aparatos que funcionaban a gas.

Hoy, las nuevas generaciones, trabajan el “Molino de Cayetano”.  Está vigente, sin olvidar el sacrificio de toda una familia, sin olvidar las raíces que dejaron el fogón, las piedras, la carretilla, la leña del café y los sacos de gangoche repletos de maíz…

El tercer elemento de la comunidad fue el Guardia Civil o Policía. Recorría las calles y aceras. Se ubicaba en la esquina de Nayo, otro rato en “La terronera” – conocido expendio de licores o cantina – y en la casa esquinera donde habitaba y escribía nuestro héroe “Calufa”, Carlos Luis Fallas Sibaja, el gran escritor patriota, Benemérito de las Letras y de la Patria, defensor indiscutible de los trabajadores.

El respeto mostrado por niños y adultos hacia el “guardia”, como le decíamos popularmente, fue admirable. Siempre, en horas de madrugada, Adilia y Cayetano, invitaban al humilde personaje al desayuno. Sentado a la mesa o frente al mostrador del molino, tomaba el cafecito con empanadas, bizcocho o un pedazo de pan “melcochón” con mantequilla y pura miel de abejas.

“Tómese el cafecito bien tranquilo, nadie denunciará a sus superiores”, le decía Cayetano, mientras la protección y vigilancia del barrio permanecía “sin vigilancia”, por un rato, todas las frías madrugadas del año. Aún así, la vida era más tranquila y nuestras casas y familias, más seguras.

Hoy, después de tantos años, el molino siempre hace bulla, compitiendo con la invasión de las grandes industrias extranjeras fabricantes de masas y tortillas empacadas, tamales y todo tipo de comidas o panes a base del maíz.

Las dos casonas de adobes y tejas de barro cocido, no existen. Las tejas y bloques de barro que dieron forma a caserones tan hermosos, fueron borrados del mapa alajuelense y en su lugar está presente el perling y el cemento. Ya no vemos niños compartir sus juegos; la empresita casera ya no tiene la visita del Guardia Civil, la seguridad y tranquilidad en nuestras comunidades, lamentablemente, van desapareciendo, dando espacio a otras prácticas más violentas.

Ahora, más que el policía en las comunidades para combatir y prevenir la delincuencia es necesario, primero, la orientación correcta del adulto a sus familias: el acercamiento a Dios para detener la carrera acelerada de la desintegración familiar, la pornografía, el consumo de licor y las drogas, especialmente en muchos jóvenes, prácticas que dan como resultado el auge de los grandes problemas en la sociedad, bastante diferentes a los tiempos que ya marcharon… los tiempos del adobe.

Taller de fundición Romero, fabricante de molinos para moler maíz. El taller estuvo ubicado frente al costado Norte del Cementerio de Obreros, avenida 10, San José, Costa Rica, Centroamérica. Propietario: Juan José Romero Sáenz.

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Publicado abril 7, 2008 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

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