Fuera, señor Magistrado   Leave a comment


(Una anécdota, a solicitud de mi hermosa y simpática compañera de trabajo Flory Villalobos). Conté la anécdota y ella insistió en que debía escribirla.

De las muchas anécdotas que salían todos los días, en el Archivo Electoral del Registro Civil, ubicado en el centenario “edificio viejo”, hoy un visitado mercado de frutas, verduras y cafeterías, sucedió algo muy interesante.

En esos tiempos, hace más de tres décadas, todas las oficinas y secciones del Registro Civil y Tribunal Supremo de Elecciones, estaban ubicadas en un mismo edificio. Por escaleras, pasillos y hasta senderos oscuros, en “un dos por tres” nos topamos a casi todo el personal de la Institución.

Siempre que los magistrados u otras autoridades del Tribunal,  solicitaban documentos cedulares o de naturalizaciones, rápidamente llegamos a sus oficinas, después de subir un montón de gradas o pasar por varias oficinas para cumplir con lo solicitado. Fuimos rápidos, eso sí, más lentos que los llamados hoy  “correos electrónicos”, pero la información la procesamos de inmediato, sin dificultad para llegar de un punto a otro.

También, fue costumbre el ingreso de personas ajenas a los archivos, ciudadanos que laboraban en las empresas del comercio, especialmente ventas de electrodomésticos, quienes tenían  “agentes de investigación” para recoger las direcciones de sus viviendas. Esto con la intención de localizar a la persona, indicada por la empresa como “mala paga”, o “amarra perros”, como le decimos al que adeuda una cuenta en dinero.

El Registro Civil, legalmente, daba docenas de docenas de direcciones diariamente para esos fines.  Y los investigadores transitaban libremente por nuestras oficinas y archivos.

Un día, estaba un señor muy elegante, fuerte corbata y vestido entero, anteojos oscuros, zapatos brillantes, con unos documentos en la mano, en el interior del Archivo Electoral. El caballero miraba el rotulado de algunos archivadores, por letras del alfabeto. Parecía buscar determinado o determinados apellidos, para dar con algún expediente de cédula del ciudadano.

El señor descrito se distinguía de otros personajes que buscaban información, porque los más comunes ingresaban en camiseta, tenis, haciendo bulla, gritando un viva a la Liga o el Saprissa, solicitando el servicio sanitario y otras actitudes ya muy conocidas por los funcionarios de los archivos. Incluso, algunos ingresaban siempre con  bolsas repletas de repostería y empanadas, no para la venta. En señal de agradecimiento por la información recibida de los archivos, nos traían con qué acompañar el cafecito de las nueve de la mañana. El caballero de corbata y calzado brillante,  sólo mostraba papeles y mucha seriedad.

Me dije: “qué extraño, ¿por qué ese señor está tocando la documentación, cierto que no es prohibido dar información, pero quién le dio permiso de tomar los datos y abrir gavetas de los archiveros?

Le informé a uno de mis compañeros, lo que estaba sucediendo. “Eche a ese viejo, mándelo a la ventanilla de atención al público”, dijo.

“Señor, aquí no es permitido tocar la documentación como lo está haciendo, para eso está la ventanilla, lo invito a salir, sin autorización Usted no puede ingresar a los archivos”.

Bueno, recordemos que “personas conocidas” por el personal del Archivo y la Jefatura, eran los que traían tosteles, chorreadas y dulces. Vivíamos otros tiempos y no existía tanta desconfianza, como hoy día.

“Tiene Usted, joven, toda la razón. Le doy mis disculpas. Usted actúa en buena forma.  En otra, seguiré las instrucciones de sus superiores”.

Hasta ahí, todo tranquilo.

Cambié de color y posición de mi cuerpo, cuando agregó: “Yo soy  Magistrado del Tribunal Supremo de Elecciones, busco una información urgente,  podría ayudarme?”.

La piel de mi cara y todo el cuerpo se me puso roja. Deseaba un archivador completo para meterme y no  salir para no ver al señor Magistrado ni en pintura, más que en ese momento mi condición era “interino”.  Y al final, le conté al compañero que me aconsejó echar a “ese viejo” y no paró de reír.

Todo por culpa de las benditas empanadas…

(Publicado en El Elector, edición Abril 2009)

Publicado marzo 25, 2009 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

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