Remembranzas alajuelenses   Leave a comment


Iglesia La agonía, antigua.  Segunda parte

Los que llegamos a casi siete décadas o más tiempo de existencia, no conocimos el templo antiguo de La Agonía o El Calvario (Inicio del siglo XX); mostraba al frente de la fachada principal,  un largo pretil o asiento de calicanto u otro material para el descanso, tertulias y disfrute de momentos de paz y meditación; la iglesita, similar a la capilla de Concepción El Llano, Alajuela, (Ermita de El Llano), tenía dos hermosos campanarios, paredes de adobes y frente de un material llamado latón, horcones de madera firme, especiales para resistir grandes temblores muy propios en esta zona, vigas de cedro amargo, tres puertas frontales protegidas por un techo en forma de “M”, sostenido por fuertes columnas; el púlpito ubicado en uno de los costados sur o norte; el confesionario, un enorme cajón en madera tallada donde solo se escuchaban ambas voces, sin vernos las caras; las misas en latín hasta que las autoridades superiores eclesiásticas de la Iglesia Católica,  dieron otro formato para mejor comprensión del pueblo.

En su interior, habían pocas imágenes. Doña Adilia, señora de noventa y tres años, desde niña conoció la imagen grande y pequeña del Santo Cristo, la Virgen del Socorro y la de Santa Ana, no existían otras imágenes.  Desde que tiene uso de razón, ha visitado los dos templos, asistiendo a sus misas, procesiones, rosarios y fiestas.

Otros testigos, nos recuerdan momentos mucho más recientes, siempre ubicados en el mismo lugar de aquella edificación centenaria; hoy, en el mismo lugar, con el posterior templo.

Don Enrique Soto era el administrador de un bingo o lotería, ubicado en la propiedad de su padre, al costado suroeste de la plazoleta. El valor del cartón para participar se inició a diez céntimos, luego pasó a veinticinco céntimos hasta llegar a cincuenta céntimos (“un cuatro”, como decíamos hace muchos años).  De las ganancias, el señor Soto donaba una parte al templo.LA AGONÍA..

Muy activo, lo recordamos “cantando” los numeritos favorecidos o salidos de la tómbola, destacando unas palabras o dichos, muy famosos que daban emoción al juego: “no olvide que es “cuaterna”, (cuatro números) tres amarra y cuatro gana”. Sin faltar: “no olvide que esta es lotería “pagana”, que jugará todita esta semana”, en alusión a la semana dedicada a las fiestas del Santo Cristo.

En estos juegos, el cartoncito y el  “puñito” de maíz eran las dos herramientas utilizadas por los participantes, siempre atentos a decir “¡buena!”, en señal de triunfo. El maíz, posiblemente adquirido por don Enrique en el Mercado Central de Alajuela, jamás era motivo de despilfarro. Lo que amanecía en el suelo, era recogido por sus empleados, quienes utilizaban una zaranda para librar el grano de  papeles, chingas de cigarro, fósforos y otras huellas propias del turno; luego se introducía en tarros para el lavado y secado. Los humildes granitos de maíz eran reciclados para ser útiles en los próximos sorteos en esa famosa esquina del barrio La Agonía.

Una anécdota sale a relucir. Un día se le “metió el agua” a un alto funcionario del Resguardo Fiscal tomar la decisión de  prohibir la actividad de los “cartoncitos y el maíz”, debido a la denuncia de un propietario de bingo, establecido en la plazoleta. El argumento decía que el bingo de don Enrique le hacia daño por la competencia, a tan poca distancia. Claro, una competencia muy significativa porque el visitante obtenía mejores premios, mayor comodidad, menos tumulto de gente alrededor, menos bulla y bajo techo.

La acción del demandante y la Autoridad molestaron a don Enrique y a la población: “Arrieros somos y en el camino nos encontramos”, sentenció con firmeza a los quejosos.

Por asuntos políticos de esa época, aquel funcionario de “alto rango” fue a parar a la cárcel. El “arriero” Soto, con la ayuda del Gobernador de Alajuela, movió todos los “hilos legales” para liberar a la autoridad mencionada. Y es que la filosofía durante toda la vida del señor de los cartoncitos, ha sido pagar con un favor cualquier daño que otro semejante saque por ahí. “Un daño lo pago con un favor”, decía.

Tal fue la sorpresa que el recién liberado, mostró enorme emoción, ante la actitud del compatriota alajuelense. Reconoció: “cierto, todos somos arrieros del mismo camino…no pongamos obstáculos a nuestros hermanos”. Una gran lección de convivencia y perdón, que debemos aplicar en estos tiempos tan difíciles, donde la imprudencia y no tolerancia están presentes por todos lados.

Recordamos los “Títeres” o marionetas manipulados por don Amado Arroyo y sus hijos. Unos parlantes grandes o megáfonos daban el anuncio de los horarios para las funciones, dedicada a niños y adultos. En los intermedios, no faltó la música repetida con los temas “Que se mueran los feos”, “Decime papa Ito” y “El alacrán, cran, cran, ayyy…me va a picar”.

Estas piezas de moda, hace varias décadas, las teníamos encima de nuestros oídos, sumado al bullicioso motor de gasolina que movía la rueda de Chicago, también el ruido de la otra rueda, la Capitana, la lectura de los números del bingo por conducto de parlantes, la cimarrona, una planta eléctrica en la calle, las mascaradas, los juegos artificiales y otras actividades. Había bulla, pero mucha diversión sana. Aún así, las fiestas fueron famosas y hermosas.

A don Eberto Cordero Ramírez, colaborador de todo corazón para el templo, la administración le encomendó la organización de las fiestas al Santo Cristo.

Una de sus actividades fue, junto a otros fieles, la recolección de donaciones económicas y en especies lo que se utilizaba a las necesidades del centro de oración. Estas visitas se hacían casa por casa, tocando puertas, siempre con la respuesta positiva del habitante.

Contrataba a los músicos, violinistas, tríos, cimarronas, gente conocida y hábil en ese campo, tocaban alegremente en el atrio, donde las extensas  gradas servían de asientos para el visitante.

Don Eberto Cordero  realizaba su trabajo en forma voluntaria, con amor a la Iglesia; mientras los músicos ganaban sus “cinquitos”, aunque también se apuntaban a colaborar para el mismo fin.

En la plazoleta, estaban establecidas dos Brujas muy visitadas por la comunidad, siempre esperando con alegría y suerte a sus viciosos clientes. En el lado sur, funcionó la bruja bajo el mando de don Carlos Jiménez; mientras la bruja del lado norte, estaba incrustada en la Pileta de San Gerardo, administrada por la familia Henchoz.  Esta familia en la persona de don Paco y el Padre Herminio, viajaban hasta San José, la Capital, a las compras de ollas, picheles, comales, cafeteras, cazuelas, cucharas, cristalería y todo lo necesario para los lindos y útiles premios que las brujas daban a sus seguidores. Y estas lindas brujas, tuvieron siempre el beneplácito de la iglesia y sacerdotes…eran brujas buenas.

Hoy, con tanta inseguridad y otros males por donde caminamos, vale siempre recordar algunos momentos de antes, contados por testigos ejemplares de nuestra comunidad.

(Publicado en La Prensa Libre, Sección Comentarios, 09 mayo 2009.)

Publicado mayo 9, 2009 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: