Archivo para abril 2017

Votos y Actas en la pulpería…   Leave a comment

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Cuando la mesa electoral o Junta Receptora de Votos, recibe el veredicto del pueblo por conducto de las urnas electorales, confecciona un acta con el resultado, firmada por los miembros de mesa de los partidos allí representados.

Me correspondió con todo orgullo formar parte de un grupo de compañeros representantes del Tribunal Supremo de Elecciones-Registro Civil en varias elecciones generales. Recoger el voto emitido, en sacos, debidamente sellados y las actas (copias) con el resultado, de las Juntas Receptoras de Votos, hace varios años.

Lógico que la tecnología era otra, diferente a lo que tenemos hoy. Para comunicar el resultado escrito en las actas, debía llamar por teléfono o utilizar el llamado “Bipper” (tecnología antes de los celulares), a los encargados en la sede del Tribunal Supremo de Elecciones, quienes recibían el informe de votos.

Allá, en un distrito de Puriscal, San José, visitar la pulpería del lugar, un día de elecciones, por supuesto, hacer una pausa para disfrutar de un delicioso refresco o un cafecito con algún pan o repostería, para agarrar fuerzas. Utilizar el teléfono público  “administrado” por el propietario de la pulpería, siempre con visitas y más ese día, lleno de comentarios de uno y otro color político, cada uno con su tema,  con calor de pueblo, contrarios en ideologías, pero amigos y vecinos del mismo barrio o comunidad.

En un aposento pequeño de madera, con rendijas, iniciamos la lectura del resultado electoral de varios distritos del cantón indicado, a la sede del organismo electoral…”mesa número tal, 10 votos para fulano, 5 votos para sutano, 40 votos para el otro, tantos votos en blanco…” Este delicado trabajo en manos de decenas de compañeros del Registro Civil y el Tribunal Supremo de Elecciones, por todo el territorio nacional. Un orgullo porque tuve que realizar esa función.

En cuanto a la pulpería, recuerdo a un grupo de contertulios, preguntar quién había ganado la mesa del lugar o mesas de otros lugares de Puriscal: “Oigan, amigos del Tribunal, “¿Quién ganó esta carajada?”. Una sonrisa para el pueblo, interesado en el asunto pero todo es confidencial. Sin filtración de datos.

Pero cuidadito si alguno estaba “parando las antenas”, para escuchar mi voz, por las rendijas, dando la votación, simultáneamente con el organismo electoral. Posiblemente escucharon algún resultado. Si fue así, nunca pasó a más…

Mientras el T.S.E por conducto de la televisión hacía llegar los resultados al pueblo, los votos en sacos plásticos caminaban en carros, camiones, hacia la capital, en plena noche o madrugada. Y en la pulpería, mientras disfrutamos del cafecito o refresco.

Hoy, un partido político hace la convención electoral interna y al dar el veredicto de la ciudadanía, no encuentra las actas porque éstas están depositadas en el interior del saco.

En nuestro caso, el Tribunal Supremo de Elecciones adiestra correctamente al ciudadano miembro de mesa y otros puestos para que su funcionamiento sea eficiente, rápido y transparente. Posiblemente, en el transcurso electoral habrá errores, pero los mínimos.

Recuerdo cuando muy jovencito, menos de la edad para votar, ver sobre el ropero de mi casa, casona de paredes de adobes y techo entejado, con piso de tierra, una caja con documentos electorales, para una elección de presidente. “¿Qué es eso?” le pregunté a mi madre, quien se preparaba para ser miembro de mesa y era la encargada de guardar la documentación en la casa.

“Algo muy delicado, es para que votemos mañana en las elecciones, eso no me lo toca”, recuerdo sus palabras. Ya en la madrugada, se alistaba para asistir a la escuela del lugar, junto a otros miembros de mesa.

Por mi trabajo en la Institución mencionada y el ejemplo de mi madre, cada proceso electoral en mi país, gane quien gane, lleva mi reconocimiento por el valor Patriótico, Cívico, Democrático de nuestro pueblo. ¡Claro, un trabajo delicado! Es la voluntad de un pueblo manifestada en las urnas electorales y representada por el trabajo hermoso, transparente de una Institución Tribunal Supremo de Elecciones-Registro Civil, apegada a las leyes correspondientes y al sentir de un pueblo…

Hoy, otros funcionarios jóvenes hacen el trabajo, posiblemente con métodos más modernos, pero siempre con la esencia de servir a la Patria…

Publicado abril 6, 2017 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

“Las galletas de Nayo”…recordemos una anécdota de los chiquillos de antes.   Leave a comment

Don Reynaldo Bravo Molina, “Nayo Bravo”, para toda la comunidad alajuelense, cuando le urgía realizar algunas compras o “mandados” en el centro de la Ciudad o en el barrio, buscaba a la persona más de confianza, para dejar en sus manos la administración o cuido del popular establecimiento, su pulpería. Ésta, ubicada en la esquina sur-este de la Iglesia La Agonía, en Alajuela, en plena avenida central de la ciudad.

Una centenaria edificación, como la Ermita de El Llano, con techoCantina Nayo 1 entejado y paredes de adobes y bahareques. En un sector de la misma, don Agustín Bravo, su papá, había instalado la popular “pulpería y cantina”, muy visitadas por los vecinos; unos, a comprar las necesidades del hogar y alimentación,  y otros, especialmente varones, clientes o necesitados de un “calentamiento interno” con una bebida, cerveza, un “trago” de vino o simplemente un guarito. Sin faltar la tertulia, con variados temas.

“Usted, chiquillo, le encargo el cuido de la “pulpería” , ya vengo, por favor…”

El establecimiento,  siempre con pan en sus urnas, galletas dulces, azúcar, mantequilla, salchichón, tosteles, polvorones, cajetas, helados, refrescos gaseosos y otros productos de uso diario en los hogares.

Advertía al niño, no pasar el límite con la cantina. El chiquillo, más o menos de unos diez años de edad, mostró siempre entusiasmo por el aprecio y confianza que Nayo tenía en él. La ausencia del señor no era por mucho tiempo, eran salidas rápidas pero urgentes para los intereses de don Reynaldo.

Nada más,  Nayo decía: “venga, mi vecino, le encargo la pulpería, ya vengo, no tardo,”. Al rato regresaba con una bolsa de mecate, una caja de cartón, libros o algunos papeles.

Entre la variada mercadería de la pulpería, la más apetitosa para el joven escolar, eran las galletas color amarillo huevo, con el nombre “Yemitas”, en el centro de cada galleta. Muy conocidas, deliciosas, perseguidas por niños y adultos. ¡Es qué sabían a gloria, acompañadas con cafecito, con refresco gaseoso o solitas!

Sobre la ancha y larga urna, siempre uno, dos o tres recipientes de vidrio, con tapa de madera, especiales para depositar y mantener fresquitas decenas de rosquillas, confites y otros productos. En uno de los vasos, montones de galletas, unas sobre otras, formando varias columnas a la vista de todos los clientes. Para la vista y paladar del niño, el vaso con galletas color yema, similar al color del huevo en su interior, fue su gran tentación.

Los niños de hace muchas décadas, de muy escasos recursos económicos, no manejaban dinero para comprar sus antojos. Un diez, un cinco, un cuatro, una peseta…esto era mucha plata, pero aquel muchachito obtendría alguna moneda o monedas al regreso de su “patrón” y así disfrutar de un refresco, chocolates, confites, cajetas u otras golosinas, presentes en las estanterías, en la refrigeradora, en las urnas, cajas de cartón o vasos.

En una de las salidas de Nayo, que no eran todos los días, el niño no aguantó la “dieta” y quitó la tapa del recipiente, con cierto nerviosismo, sin la presencia de Nayo. “No, mejor no, sin permiso, no…”, sintió que una voz le aconsejaba. Y la regresó a su lugar, cerrando el vaso de inmediato.

Minutos más tarde, la tentación no se hizo esperar y terminó con tres galletitas,  devoradas hasta ir a parar al estómago.  Al regresar, su intención era de inmediato manifestar su acción, pero  don Reynaldo, se adelantó, depositándole en la bolsa de su camisa una o dos monedas…”vaya tranquilo a su casa, tranquilo”, le dijo.

“No, don Nayo, no me dé dinero, me comí tres galletas yemitas, mientras Usted no estaba”. “¿Y qué tiene qué ver eso?”, le preguntó.

El niño sintió que don Nayo se iba a poner muy furioso, tan  “bravo” como su apellido, manifestando las quejas ante su madre, por tomar las cosas sin permiso, pero la reacción fue diferente. Don Nayo abrazó al jovencito felicitándolo por su honradez: “Venga acá, chiquillo, qué vecino más bueno, cómase las galletas que quiera y vaya a su casa”, le manifestó con mucha alegría…

Siempre recordamos la acción de don Reynaldo Bravo y la acción del muchacho. Dos manifestaciones de humildad y ejemplo de buenas costumbres.

Cuando vemos malas costumbres o actos innobles y corruptos de muchas gentes que, teniendo el control de dineros y bienes, abren la tapa de estas fortunas y sin temblor en las manos y mente, pero con el bolsillo lleno, disfrutan de riquezas que no le pertenecen. Malversación de fondos, peculado, enriquecimiento ilícito y más actos corruptos. ¡Todo se lo comen y ni “colorados” se ponen!

Mucho tiempo después, la edificación fue víctima de un fuerte terremoto, convirtiendo sus paredes en polvo y recuerdo de lindas historias.

El niño de esta anécdota, es quién la escribe…casi seis décadas después…

 

 

Publicado abril 5, 2017 por José Manuel Morera Cabezas en Historias