Don Paulino, espantos y tesoros   Leave a comment


En la década de los años sesentas, los niños disfrutamos tiempos pacíficos, más tranquilos, con costumbres creencias y manifestaciones propias. Nuestros abuelos se reunían con sus nietos y toda su familia para contar historias, leyendas, cuentos infantiles, chistes y juegos.

Cualquier pieza de las casonas antiguas – corredores, patios, salas, habitaciones, al calor del horno de barro y el fogón – sirvió como marco especial para escuchar aquellas voces experimentadas y sabias. Existía mucha comunicación, respeto, fe, solidaridad, hospitalidad y más prácticas que mantuvieron unido el círculo familiar y vecindad. Las leyendas con mensajes y misterios nunca faltaron en tan importantes reuniones nocturnas.

Alrededor del abuelo o de la abuela,  sentados en bancos, escaños y suelo, bien atentos y en sus manos un “jarro” con espumoso chocolate – otras veces café o aguadulce – escuchaban al abuelo contar una de las tantas leyendas:

“Hace mucho tiempo en esta casona habitó una familia compuesta por ocho miembros. Usaron tenedores, cubiertos, lindos platos y cucharas confeccionados en pura plata. Estos implementos fueron guardados en cofres grandes también construidos en plata, enterrándolos en estas anchas paredes de adobes. Al pasar los años, algunos miembros de esa familia marcharon a tierras lejanas y otros murieron.

Cuentan que en esta casa, en algún rincón está sepultado uno de ellos…moradores anteriores a nosotros escucharon – casi siempre en las noches – voces, pasos, ruidos y vieron pasar, de pared a pared, grandes sombras y oscuros bultos, algunos fijos por segundos en el aire, hasta desaparecer. Gentes “sabedoras” de estas cosas misteriosas, decían que bastaba con descubrir los cofres y fósiles para liberar la casa de tales misterios que hoy encierra…”.

Los niños, concluidas las reuniones familiares, iban derecho a la cama a rezar el Rosario con sus abuelos, rogando a Dios y a la Virgen que los acompañara todos los días en la vida y en la muerte.

Una noche, algo extraño invadió la casa y moradores. Llovía. Truenos y relámpagos cayeron fuertemente sobre calles empedradas y polvorientas, en casas de madera y adobes, donde se guarecían los pobladores. La fortaleza centenaria, nuestra casa de adobes, resistía como las otras, el furor Natural al no cesar en lanzar fogonazos que parecían enormes lanzas cargadas de fuego, caídas desde cualquier punto del cielo.

A esta mansión, casi un paraíso terrenal, llegó al anochecer, una viejecita a quien le decían Belén, más que tocando la puerta, empujándola con desesperación y llanto:

-¡Por favor…necesito ayuda, posada para esta hambrienta vieja, tengo frío y hambre!. ¡No me abandonen, por amor a Dios!.

Paulino, al escuchar los golpes y lamentos en la puerta de su casa, corrió a desactivar el picaporte y aldaba. El agua y el viento también ayudaron a empujar la mole de madera, solidarios con la visita en el interior de la vivienda.

-¡Pobre mujer, estás entumida!.

-¡Sí, me muero… necesito protección, lo suplico por el amor a Dios!.

-¡Oh, Dios! – Dijo el anciano.

La hospitalidad y confianza en la familia no se hizo tarde, ésta, compuesta por Paulino y su mujer,  doña Bolivia, la hija mayor con el esposo y el niño, no extrañaron ni dudaron en socorrer de inmediato al ser humano en desgracia.

Adilia, la hija, extendió sus manos llenas de Dios, brindó calor humano, comprensión, alimento y abrigo para la desdichada mujer, símbolo de millones de seres humanos que deambulan por el mundo suplicando a gritos amor a quienes tienen suficiente techo y les sobra pan, pero montones con manos vacías de Dios.

Belén traía como estandarte un montón de pertenencias colgando de su frágil cuerpo: estatura bajita, delgada, enseñando su piel pálida y sucia, voz ronca, pelo negro desordenado por completo, hambre, sin familiar en toda la tierra, con pies casi descalzos, callosos, arrastrando pedazos de cuero sucio y hule hediondo.

La visitante ocupó un cálido rincón de la casa. La lluvia cesó.

Esa noche, el niño se sintió extraño. Manifestó a su madre la negativa e insistencia en no ocupar el rincón y calor de su abuelito, costumbre en dormir con él desde los primeros meses.

-Mamá, esta noche quiero dormir a su lado, no con abuelo “Pallino.

-¿Qué sucede, niño?. ¿Por qué abandonas al abuelito?.

-¡No…madre!.¡ Es por esta noche!.

Adilia quedó sorprendida. No encontró razón o razones a esta decisión infantil. Accedió, aunque una gran duda penetró en su pensamiento. Un poco más tarde, casi todos iniciaron el descanso.

El menor mantenía los ojos despiertos, fijos en un único punto del cielo raso, sin mover un dedo siquiera, escuchando con enorme temor la conversación tan extraña, expresada por Belén.

La voz ronca que salía del rincón acogedor, parecía estar con alguien, allí, junto a ella.

– …Escucho su voz sobre mi cabeza…¡siento sus manos, padre!.

– Hija, junto al higuerón hay dos tarros grandes repletos con monedas de oro, uno; el otro, con monedas en pura plata. Sólo Usted, mi Belencita, puede llegar al sitio…

De pronto, ella recalcó no tener interés en ningún tesoro terrenal, su deseo era estar junto a él, un tesoro envuelto en la eternidad.

-Padre, las monedas le corresponden a Paulino, ¡entréguelas al viejo…no las quiero, papá!.

Al pronunciar con claridad la renuncia al capital y ofrecerlas al viejo don Paulino, cayó fulminada por el cansancio o por alguna fuerza sobrenatural; al instante, asombrado aún más, el niño llevó sus delicadas manos a su boca y abrió más sus chispeantes ojos, directas al cielo raso de la casona.

Pasaron varios minutos, un inmenso manto de tranquilidad cubrió la casa. Ella, no pronunció más palabras.  Todo permaneció en silencio.

Horas después, el anciano quebró la paz que le daba el bendito sueño con un quejido de miedo, pidiendo auxilio. La tremenda inquietud regresó al hogar.

¡Con su grito desesperado casi agrieta las gruesas paredes de adobes!. Tenía los labios, boca y palabras secas, la piel fantasmal y sin fuerzas para sostener su diminuto cuerpo. Parecía un muerto, sentado en su cama o catre.

-¡Dios mío!… ¿Qué sucede, papá?…¡Mi Dios!. Exclamó su hija, levantando los brazos y ojos al cielo, también pálida y temblorosa.

Pasaron segundos de mucha angustia, se hicieron eternos.

Sentado en una orilla del catre, el anciano recibió el consuelo y caricias infantiles sobre su escasa cabellera y barba blanca, tan blanca como las paredes encaladas; así contó a quienes le rodeaban, la pesadilla. ¡Sí, una pesadilla verdadera!, esta vez sin galletas,  chocolate ni café.

“…abrieron lentamente la puerta del aposento por donde ingresaron ocho personajes muy feos y muy pequeños, todos vestidos con piel arrugada y pálida, igual a la mía…portaban filosos cuchillos en plata y puños dorados y con ellos subieron a mi cuerpo casi desnudo…brincaron sobre mis ropas, almohadas y cabeza..movían sus horribles cuerpos…”.

Hizo una pausa para respirar hondo y tomar un poco de agua que la hija puso en sus labios.

Con…con mis manos, brazos y piernas luché hasta quitar tanto bicho extraño, huyendo por aquel boquete – señala con su vista cansada – del cielo raso, otros cayeron al suelo, debajo del catre, despidiendo ruidos espantosos…”

A Adilia, se le inundaron los ojos de llanto y el chiquillo sintió rabia por todo el cuerpo.

Amaneció. Los primeros rayos del sol penetraron en las húmedas tejas, atacadas la noche anterior por el torrencial aguacero.

El niño, al sentir en su propio corazón y mente la misteriosa historia cuyo escenario fue el lecho – el que compartía con don Paulino – corrió por toda la casa, inquieto, penetró al cielo raso, mostrando sus manos cerradas en señal de guerra. La sangre hervía, dispuesto a vencer con sus fuertes puños la invasión de las desteñidas y arrugadas figuras nocturnas. No halló el menor rastro. ¡Nada!. ¡Nada pudo encontrar!.

Bajó triste, desubicado, sin lograr el exterminio de los muñecos horribles que habían atravesado las paredes gruesas de adobes.

-¡Abuelo, mi abuelito!…¿Por qué lo abandoné…por qué?. Gritaba con insistencia.

Ella, la mujer bajita y delgada, no se enteró del misterio originado en la vivienda, agradeció la hospitalidad y salió apresurada sin volver jamás. Siguió recorriendo caminos, encaramada en aquellos pies agotados y callosos en busca del ser amado, su padre, sin mencionar nunca las monedas doradas y plateadas.

Al fin, no pudo avanzar un paso más, hasta caer por última vez. Su alma emprendió el camino anhelado. A cada instante, los dos, disfrutan al lado del Creador, el Gran Tesoro Celestial.

La intención de desempolvar y traer hermosos recuerdos maravillosos, es destacar la imagen de nuestros abuelos y bisabuelos; extraer de las hermosas leyendas el mensaje ejemplar, lo positivo. No debemos olvidar la existencia de estos hombres sin riquezas en oro y plata; las grandes riquezas acumuladas fueron cofres repletos en experiencia y sabiduría, amor al trabajo, a la Patria, inquebrantable honradez y solidaridad hacia el más necesitado.

¿Cuántos Paulinos hacen falta ya en nuestras sociedades para combatir tanto egoísmo,  desconfianza, individualismo, nuestro materialismo, la corrupción, pérdida de solidaridad, el desprecio, el amor al necesitado, el robo y la mentira, hoy realidades que invaden y debilitan nuestros hogares y sociedades?.

Lo sucedido esa noche quedó en completo misterio, nunca encontramos explicación, aunque podría ser una coincidencia, un sueño, una pesadilla, situación que casi desintegra físicamente al abuelo, al abuelo cuenta cuentos… y a toda la familia.

(Publicado en EL ALAJUELENSE, La Nación, 18 al 31 octubre 2002).

(Publicado en LA PRENSA LIBRE, Sección Comentarios, 24 nov. 2007).

(Mención Honorífica, concurso literario Universidad Continental de las Ciencias y las Artes (UCCART), “Primer Concurso de Cuentos de Terror”, organizado por la escritora de Perú, Gladys Rossell.

Jurados del concurso:

Alfonso Chacón, escritor (Jurado).
Gustavo Naranjo, periodista (Jurado).
Ovidio Muñoz, periodista (Jurado).
Carlos Hincapié, cantautor, Colombia.
Lic. Wilberth Villegas, Rector UCCART (Jurado).
Gladys Rossel, escritora, Perú, directora del Taller para Escritores.

San José, Costa Rica, 03 octubre 2003.

Diploma

Publicado mayo 25, 2008 por José Manuel Morera Cabezas en Historias

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